
Hay una fase en el desarrollo de los niños pequeños que nadie te avisa que llega y que cuando llega no tiene ninguna pinta de que vaya a irse pronto. En nuestra casa la llamamos la fase del “mío”. Todo es suyo. Absolutamente todo.
La fase del mío en niños empieza de forma inocente y acaba siendo una declaración de principios sobre quién manda en casa. Spoiler: no somos nosotros.
El plátano que estabas comiendo tú
El primer síntoma fue con la comida. Estás tranquilamente comiéndote un plátano en el sofá y de repente aparece ella, te señala y dice “mío”. No es una pregunta. Es una afirmación. El plátano que tú estabas comiendo, que tú pelaste, que tú sacaste de la frutería, es suyo.
Lo más curioso es que no siempre lo quiere de verdad. A veces lo reivindica, se lo das, lo mira y lo deja. El objetivo no era el plátano. El objetivo era dejar claro que el plátano era suyo.
El tobogán del parque
Si en casa la cosa tiene su gracia, en el parque la fase del mío en niños adquiere otra dimensión. Nuestra hija llega al parque y los columpios son suyos. El tobogán es suyo. El arenero es suyo.
Cuando otro niño se sube al tobogán mientras ella está esperando, no se lo dice a nosotros. Se lo dice al niño. Con toda la claridad del mundo. “Mío.” Y se enfada. No entiende que un tobogán en un parque público no puede ser de nadie en concreto, y explicárselo es una conversación que hemos tenido muchas veces sin demasiado éxito.
No es mala intención. Es que a los veintiún meses el concepto de propiedad compartida es demasiado abstracto. Ella sabe que hay cosas que son suyas y está aplicando esa lógica a todo lo que le gusta. El problema es que le gusta todo.
Su sitio en el sofá: zona protegida
Hay territorios en casa que son sagrados. Su sitio en el sofá es uno de ellos. Si te sientas ahí, te mira. Si sigues ahí, te lo dice. Si sigues sin moverte, escala hasta ti y empieza a empujarte con una determinación que no tiene en cuenta la diferencia de tamaño.
Su cama es otro territorio intocable. Yo no puedo ni sentarme en el borde. Si lo hago me señala, me dice que es suya y espera a que me levante. Con una paciencia infinita y una mirada que no admite negociación.
Cómo lo gestionamos, con más dudas que certezas
Cuando dice que algo es suyo y no lo es, intentamos explicárselo. Que el tobogán es de todos los niños. Que el plátano era de papá. Que la cama es suya pero papá puede sentarse un momento.
La verdad es que no tenemos claro que lo entienda, ni tampoco que estemos gestionándolo de la mejor manera posible. Le explicamos, ella nos mira, asiente a veces, y al día siguiente vuelve a reivindicar el tobogán como territorio propio.
Supongo que como tantas otras cosas de esta edad, es una fase. Una fase que tiene su lógica, que forma parte de cómo aprenden a entender el mundo y los límites, y que con el tiempo irá evolucionando. Como las rabietas, que también parecían eternas y han ido cambiando de forma.
De momento seguimos explicando, seguimos cediendo el sitio del sofá cuando toca y seguimos comiendo el plátano deprisa antes de que nos lo vea.
Lo que nos ha enseñado esta fase
Que los niños pequeños no son egoístas, son egocéntricos. Es diferente. El egoísmo implica una conciencia del otro que a esta edad todavía no existe del todo. Lo que hay es un yo muy presente y un mundo que gira alrededor de ese yo.
Y que en el parque, si ves a una niña de rizos señalando el tobogán y diciéndote que es suyo, es la nuestra. Lo sentimos.
Si quieres saber cómo es la ley de la selva en el parque con otros niños, te lo cuento aquí.
Deja una respuesta