
Hasta hace poco, ir al parque era un trámite pacífico. Llegabas con el [carrito], la sentabas en el césped, le dabas un par de juguetes y te sentabas a mirar cómo descubría el mundo. Pero a los 2 años, la cosa cambia. Bajar al parque es entrar oficialmente en la ley de la selva.
A esta edad empiezan las interacciones reales con otros niños, y eso significa que empieza la acción (y los conflictos diplomáticos).
La dictadura del «Mío»
A los 2 años, el concepto de propiedad privada es muy estricto y se resume en una sola palabra: «Mío».
Da igual si el cubo y la pala son suyos, del niño de al lado o del ayuntamiento. Si lo tiene en la mano, es suyo. Y si lo tiene otro niño, misteriosamente también lo quiere. En el arenero hemos vivido ya de todo: desde defender su cubo como si fuera oro, hasta tener que intervenir rápidamente cuando otro niño se acerca a cogerle el rastrillo y saltan las alarmas.
Los padres nos pasamos el rato repitiendo la frase universal: «Venga, hay que compartir». Aunque en el fondo sabemos que, a esta edad, no tienen ni idea de qué significa eso. Es pura supervivencia territorial.
El trono de hierro: Los columpios
El otro gran campo de batalla son los columpios. Explicarle a una niña de 2 años el concepto de «hacer cola» o «esperar tu turno» es como intentar explicarle física cuántica.
Si su columpio favorito está ocupado, el drama está servido. Nos toca tirar de creatividad, distracciones e inventarnos que el tobogán es mil veces más divertido, al menos hasta que el otro niño se baje. Y cuando por fin se sube ella, llega el problema inverso: convencerla para que se baje y deje sitio a los demás sin que acabe en rabieta.
El arenero: Zona de guerra diplomática
Si los columpios son el trono, el arenero es el campo de batalla real. Es el sitio donde más conflictos se generan y donde más oportunidades hay de aprender, aunque a veces cueste verlo así cuando tu hijo acaba de tirarle arena a otro niño en la cara.
A esta edad el juego paralelo es lo normal: dos niños pueden estar sentados uno al lado del otro, cada uno a lo suyo, sin interactuar apenas. Es su forma natural de relacionarse. El juego cooperativo llega más adelante.
Lo que sí ocurre es que se fijan constantemente en lo que tiene el otro. Si el niño de al lado saca un cubo nuevo, el tuyo lo quiere. Si saca una pala de otro color, también. Es instinto puro. Nuestra táctica de supervivencia es llevar siempre dos cubos y dos palas iguales. Así, cuando surge el conflicto por el objeto deseado, sacas el duplicado y en la mayoría de casos el drama se desinfla en segundos.
Cómo gestionar los conflictos en el parque sin perder la cabeza
Con el tiempo hemos aprendido un par de cosas que nos han hecho las tardes de parque bastante más llevaderas:
- No intervenir demasiado rápido. Cuando dos niños se enzarzan por un juguete, la tentación es lanzarse a mediar de inmediato. Pero si les das unos segundos, a veces lo resuelven solos. O se distraen con otra cosa. No siempre, pero más de lo que parece.
- Validar sin ceder. Si tu hijo llora porque no puede subirse al columpio, puedes decirle “sé que quieres el columpio y entiendo que te fastidie esperar” sin saltarte la cola. Funciona mejor que ignorar el llanto o ceder a la presión.
- Llevar algo de reserva. Una pieza de fruta, un par de galletas o un juguete pequeño que no haya visto en un rato. Son la moneda de cambio perfecta para salir del parque sin drama o para ganar cinco minutos extra cuando la situación se complica.
Un agotamiento necesario
Llevamos un par de semanas donde cada tarde de parque es intensa. Hay que tener mil ojos, mediar en pequeñas discusiones por una pelota y correr detrás de ella para que no se tire por el tobogán grande de cabeza.
Pero a pesar del agotamiento con el que volvemos a casa, es una etapa fascinante. Está aprendiendo a relacionarse, a defender su espacio, a ceder (a veces) y a jugar de verdad. Verla correr feliz, mezclarse con otros niños y salir del parque llena de arena hasta las cejas compensa cualquier pequeño drama con el cubo de plástico.
Y cuando los conflictos del parque se trasladan a casa y las rabietas se disparan, te cuento cómo sobrevivimos nosotros en el artículo sobre las rabietas a los 2 años, con el drama del yogur incluido.
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