
Antes de ser padres, un viaje en coche consistía en poner tu música favorita, charlar tranquilamente y parar a tomar un café. Ahora, viajar en coche con niños de 2 años se parece más a la película Speed (aquella del autobús con Keanu Reeves): si el vehículo se detiene, todo explota.
Nosotros no solemos hacer viajes de cruzar la península. Nuestra rutina son escapadas de fin de semana de una horita de ida y otra de vuelta. No llevamos pantallas, ni cargamos el maletero de sobornos comestibles. Hemos desarrollado una táctica mucho más barata, pero que requiere la precisión de un relojero suizo y mucha, mucha suerte con el tráfico.
1. El conjuro de la siesta
Nuestra regla de oro número uno es jugar a ser dioses del tiempo: el viaje tiene que coincidir milimétricamente con su hora de la siesta.
La sentamos en su Silla Cybex, le abrochamos el cinturón conteniendo la respiración, arrancamos el motor y dejamos que la vibración del asfalto haga su magia. Normalmente, a los tres kilómetros, el silencio invade el coche. Ha caído.
2. La regla de oro: ¡No pises el freno por lo que más quieras!
Aquí viene la parte en la que el viaje de una hora se convierte en un deporte de riesgo. Hemos descubierto que nuestra hija tiene un sensor de movimiento integrado más sensible que la alarma de un banco.
Mientras el coche avanza, ella duerme plácidamente. Pero si nos detenemos… peligro inminente. Un simple ceda el paso o un maldito semáforo en rojo nos provocan taquicardias. Si el coche frena, ella abre un ojo; si arrancamos rápido, se vuelve a dormir.
Esto nos ha llevado a situaciones absolutamente ridículas. Ha habido ocasiones en las que un viaje de una hora se ha convertido en dos. ¿El motivo? Llegamos a nuestro destino, aparcamos frente a la casa, nos giramos, vemos que sigue frita y nos decimos en susurros: «Arranca, arranca, que duerma un poco más».
Y ahí nos ves. Dos adultos dando vueltas absurdas a 30 km/h por barrios que no conocemos, rezando para no pillar un Stop, y haciendo turismo de polígonos industriales y rotondas solo para no apagar el motor y que la fiera no se despierte.
3. El Circo del Sol en el asiento de atrás
Cuando toca viajar y está despierta, en nuestro coche somos de la vieja escuela. Para evitar que la tapicería acabe pareciendo un ecosistema propio, la comida está prohibida. Tampoco usamos tablet. Con lo que tenemos de serie nos vale, aunque acabemos agotados.
¿Nuestro sistema de entretenimiento? Nos convertimos en animadores socioculturales de alto rendimiento:
- Cantamos: Hasta quedarnos sin cuerdas vocales. Si hay que cantar la misma canción sobre un pollito 47 veces, se canta.
- Coreografías extremas: Su madre es una experta en darse la vuelta (con el cinturón puesto, claro) y montarle bailes y teatros con las manos que parecen las indicaciones de emergencia de una azafata de vuelo. La mantiene hipnotizada.
- Cuentos contorsionistas: Le encanta que le vayamos leyendo sus cuentos o ir pasando ella misma las páginas mientras le hacemos los ruidos de los animales.
Acabamos los viajes afónicos y con tortícolis, pero oye, la táctica de la siesta sincronizada y hacer el payaso a tiempo parcial nos está funcionando de maravilla. Y de paso, nos conocemos todas las rotondas del país.
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