
Dicen que la adolescencia es difícil, pero creo que quien inventó esa frase nunca se ha enfrentado a un niño pequeño al que le han pelado mal un plátano.
Bienvenidos a la maravillosa, intensa y agotadora etapa de las rabietas a los 2 años (o los «terribles dos», que en realidad empiezan cuando les da la gana). Esa fase en la que tu dulce hija se convierte de repente en un pequeño dictador con las emociones a flor de piel.
Hoy os cuento cómo es nuestro día a día cuando la necesidad de independencia choca contra la cruda realidad.
El detonante absurdo: La crisis del yogur
Si hay algo que caracteriza a las rabietas en esta edad es que el motivo suele ser, a ojos de un adulto, completamente irracional. En nuestra casa, el gran drama de esta semana lo ha protagonizado su postre favorito.
Estábamos en la cocina, sacó un yogur de la nevera y me lo dio. Yo, en un alarde de eficiencia paternal y sin pensar, tiré de la tapa de aluminio y se lo devolví abierto, listo para comer.
Error fatal.
Sus ojos se llenaron de lágrimas. Su cara se puso roja. Y gritó la frase que aterroriza a cualquier padre: «¡NO! ¡YO SOLITA!». Había osado abrir SU yogur. Intenté volver a pegarle la tapa (todos lo hemos intentado alguna vez, no nos engañemos), pero el daño ya estaba hecho. El mundo se había acabado.
La técnica del «peso muerto»
Cuando la rabieta estalla, las piernas dejan de funcionar. Es pura física. De repente, mi hija se dejó caer al suelo de la cocina utilizando la famosa técnica del «peso muerto». Es increíble cómo alguien tan pequeño puede llegar a pesar 200 kilos cuando no quiere moverse.
Ahí estaba, tirada en el suelo, llorando desconsoladamente porque el yogur estaba abierto, mientras yo la miraba con la cucharilla en la mano pensando: «¿En qué momento de mi vida he acabado negociando con un terrorista emocional de menos de un metro?».
¿Cuánto duran las rabietas a los 2 años?
La pregunta del millón. Y la respuesta honesta es: depende. Cada niño es un mundo, pero lo que sí es común es que esta etapa suele arrancar entre los 18 meses y los 2 años, y se va suavizando (no desapareciendo, ojo) hacia los 3 o 4 años.
En nuestro caso, las rabietas más intensas llegaron justo al cumplir los 2 años. Como si hubiera un interruptor. Un día tenías a tu hija tranquila y al siguiente cualquier cosa podía desencadenar el apocalipsis emocional.
Lo que nos explicaron en la revisión del pediatra es que a esta edad el cerebro emocional va muy por delante del racional. Saben lo que quieren, tienen opiniones muy claras, pero aún no tienen las herramientas para gestionar la frustración cuando las cosas no salen como esperan. Por eso explotan. No es manipulación, no es mala educación. Es neurología básica.
¿Eso lo hace más fácil de gestionar en el momento? No. Pero sí ayuda a no tomárselo como algo personal cuando tu hijo se tira al suelo del Mercadona porque le has cogido el yogur de fresa en vez del de limón.
Y si las rabietas se desatan especialmente cuando salís a la calle, puede que te interese lo que cuento sobre la ley de la selva en el parque a los 2 años.
Cómo sobrevivimos a las rabietas a los 2 años
No soy psicólogo, ni tengo la fórmula mágica, pero a base de ensayo y error hemos aprendido un par de cosas de supervivencia básica:
- No razonar en medio del huracán: Cuando están en pleno llanto, no escuchan. Da igual que le expliques que el yogur sabe igual de bien. Toca esperar a que pase la tormenta.
- Validar, pero no ceder: Me siento a su lado (o en el suelo con ella) y le digo: «Sé que estás enfadada porque querías abrirlo tú». Funciona a veces, otras veces me llevo un manotazo al aire.
- Respirar hondo: Mucho. A veces el que está a punto de tirar un yogur contra la pared soy yo.
Conclusión: Paciencia y humor
Las rabietas a los 2 años son normales. Son su forma de decir «eh, que yo también decido cosas aquí».
A nosotros nos toca lidiar con ese ansia de independencia que tiene para todo (desde no querer subirse a la silla de paseo hasta querer vestirse sola con ropa de verano en pleno invierno). Agota, sí, pero con perspectiva, hasta tiene su gracia.
Al final, después de 10 minutos de drama en el suelo, se levantó, me miró, cogió la cuchara y se comió el yogur entero como si no hubiera pasado nada. Y yo me fui a prepararme un café doble.
Si quieres entender de dónde viene tanta necesidad de independencia, tiene mucho que ver con cómo duermen y el vínculo que se crea de pequeños. Lo cuento en el artículo sobre colecho y lactancia.
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