La ley de la selva en el parque: Sobrevivir a los 2 años

Niña jugando en el parque

Hasta hace poco, ir al parque era un trámite pacífico. Llegabas con el [carrito], la sentabas en el césped, le dabas un par de juguetes y te sentabas a mirar cómo descubría el mundo. Pero a los 2 años, la cosa cambia. Bajar al parque es entrar oficialmente en la ley de la selva.

A esta edad empiezan las interacciones reales con otros niños, y eso significa que empieza la acción (y los conflictos diplomáticos).

La dictadura del «Mío»

A los 2 años, el concepto de propiedad privada es muy estricto y se resume en una sola palabra: «Mío».

Da igual si el cubo y la pala son suyos, del niño de al lado o del ayuntamiento. Si lo tiene en la mano, es suyo. Y si lo tiene otro niño, misteriosamente también lo quiere. En el arenero hemos vivido ya de todo: desde defender su cubo como si fuera oro, hasta tener que intervenir rápidamente cuando otro niño se acerca a cogerle el rastrillo y saltan las alarmas.

Los padres nos pasamos el rato repitiendo la frase universal: «Venga, hay que compartir». Aunque en el fondo sabemos que, a esta edad, no tienen ni idea de qué significa eso. Es pura supervivencia territorial.

El trono de hierro: Los columpios

El otro gran campo de batalla son los columpios. Explicarle a una niña de 2 años el concepto de «hacer cola» o «esperar tu turno» es como intentar explicarle física cuántica.

Si su columpio favorito está ocupado, el drama está servido. Nos toca tirar de creatividad, distracciones e inventarnos que el tobogán es mil veces más divertido, al menos hasta que el otro niño se baje. Y cuando por fin se sube ella, llega el problema inverso: convencerla para que se baje y deje sitio a los demás sin que acabe en rabieta.

Un agotamiento necesario

Llevamos un par de semanas donde cada tarde de parque es intensa. Hay que tener mil ojos, mediar en pequeñas discusiones por una pelota y correr detrás de ella para que no se tire por el tobogán grande de cabeza.

Pero a pesar del agotamiento con el que volvemos a casa, es una etapa fascinante. Está aprendiendo a relacionarse, a defender su espacio, a ceder (a veces) y a jugar de verdad. Verla correr feliz, mezclarse con otros niños y salir del parque llena de arena hasta las cejas compensa cualquier pequeño drama con el cubo de plástico.

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