Hacer caca: el drama silencioso de cada día

Niña dandole la mano a su padre

Hay cosas de la paternidad que nadie romantiza y que sin embargo ocupan una parte considerable de tu tiempo, tu energía y tus conversaciones. Hacer caca es una de ellas. No aparece en las fotos bonitas de Instagram, no sale en los libros de crianza con portada pastel, pero está ahí todos los días y tiene más protagonismo del que nadie admite.

Esta es nuestra experiencia con las cacas, con todo lo que eso implica.

El ritual de la esquina

Nuestra hija tiene un protocolo muy claro cuando le viene la caca. Primero se queda quieta. Luego busca un rincón. A veces es una esquina del salón, a veces detrás del sofá. Y a veces, en su versión más elaborada, se mete en su casita de juguete en el cuarto de estar.

La casita tiene techo, tiene puerta y tiene una ventilación que deja bastante que desear. Lo que ocurre ahí dentro no necesita más descripción. Solo diré que cuando sale con cara de alivio ya sabemos lo que ha pasado y el orden de prioridades cambia radicalmente.

Se pone roja, se concentra, y no quiere que nadie la moleste. Privacidad total. A sus veintiún meses ya tiene muy claro que ese es su momento y que no admite interrupciones.

El momento en que te pide la mano

Hay algo que nos pasa con ella que es de las cosas más tiernas y más duras de esta etapa a la vez. Cuando la caca es difícil, cuando nota que le cuesta, se gira y nos pide la mano.

No lo dice con palabras. Te mira, estira el brazo y espera. Y tú le das la mano y te quedas ahí, sujetándola, mientras ella hace su esfuerzo con la cara roja y los ojos apretados. No da risa porque la ves sufrir. Es tierno y es duro al mismo tiempo.

En esos momentos entiendes que la paternidad es también esto. Estar en el rincón, dándole la mano a alguien muy pequeño que te necesita para algo tan básico como hacer caca.

El problema de las bolitas

Nuestra hija come mucha verdura. Mucha. Y aun así sus cacas nunca han sido regulares del todo. O muy duras o muy blanditas, sin demasiado término medio. Las duras son las que le cuestan, las que la ponen roja, las que terminan en petición de mano.

Cuando las duras se prolongan en el tiempo el pediatra nos dio unas gotitas que funcionan muy bien. Sin dramas, sin forzar nada. Un poco de ayuda cuando el cuerpo lo necesita y en uno o dos días todo vuelve a la normalidad.

Como os contamos en el artículo del botiquín del bebé, hay cosas que merece la pena tener siempre a mano para no tener que correr a la farmacia cada vez.

El baño: el gran experimento


Con veintiún meses sigue con pañal, que es lo normal a esta edad. Pero de vez en cuando intentamos que use el baño, con un adaptador en el váter para que no se caiga.

A veces quiere sentarse, le hace gracia, juega un rato. Algún día ha hecho pis, que ha sido celebrado como si fuera un acontecimiento histórico.

Caca en el baño de momento no ha habido. No hay prisa. El pañal seguirá el tiempo que haga falta y el proceso llegará cuando llegue, como llegaron los primeros pasos y como llegará todo lo demás. Cada cosa a su tiempo.

Lo que hemos aprendido


Que las cacas de un niño pequeño son un indicador de todo. De lo que come, de cómo está, de si algo no va bien. Aprendes a prestarles atención de una forma que antes te habría parecido imposible.

Y que hay momentos de la paternidad que no tienen foto bonita ni frase inspiradora. Solo un rincón, una casita con poca ventilación y una mano pequeña que busca la tuya para atravesar el momento.

Eso también es ser padre.

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