
Hay una frase que todo padre que lleva a su hijo a la guardería acaba pronunciando en algún momento del primer otoño. Suele decirse en voz baja, con resignación, mientras se abre el tercer paquete de pañuelos de la semana: «Otra vez».
Bienvenidos al círculo vicioso de la guardería en invierno. Esto es lo que nadie te explica en la reunión de inicio de curso.
El patrón: dos semanas dentro, una fuera
Desde el primer mes en la guardería, en casa funciona así. Ella trae el catarro, lo pasa en tres o cuatro días, y cuando está remontando somos nosotros los que empezamos con los síntomas. Unos días de malestar, mocos y algo de fiebre. Luego una semana de calma. Y vuelta a empezar.
Dos semanas yendo, una semana en casa. Más o menos. A veces la tregua se alarga dos o tres semanas y llegas a pensar que lo peor ha pasado, que el sistema inmune ha madurado, que esta vez sí. Y entonces llega el lunes con cara de catarro nuevo.
Lo curioso es que el ciclo tiene una crueldad especial con las fechas señaladas. Las Navidades pasadas llegaron con tos y fiebre de regalo. Papá Noel vino a casa con una niña que arrastraba los mocos desde días antes y que no estaba para demasiadas celebraciones. Hay momentos en los que la guardería parece tener muy mala puntería, o muy buena, depende de cómo se mire.
Por suerte, tenemos red
Lo primero que diré es que tenemos mucha suerte y somos conscientes de ello. Cuando ella se queda en casa, se queda con su abuela. Nosotros podemos ir a trabajar sin que ninguno tenga que pedir una baja o reorganizar la semana entera. Sé que no todas las familias tienen esa red, y que sin ella este círculo de enfermedades se convierte en un problema logístico serio además de sanitario.
Si estáis en esa situación, os entiendo. La adaptación a la guardería ya es bastante dura de por sí emocionalmente como para encima tener que resolver quién se queda en casa cada vez que hay fiebre.
Lo que nos ha pasado por suerte no ha ido a más
Catarros, tos, mocos y fiebre. Ese ha sido el menú del invierno. Nada más preocupante, y eso hay que decirlo también porque a veces el miedo de los padres primerizos tiende a catastrofizar. La mayoría de los bichos que trae la guardería son virus respiratorios normales que el cuerpo de un niño pequeño resuelve solo en unos días.
El más largo y duro que vivimos fue la laringitis, esa tos de perro que se escucha a las dos de la madrugada y que te pone el corazón a mil. Quince días hasta que se recuperó del todo. Pero incluso eso, con sus noches malas y sus visitas al pediatra, acabó pasando.
Los mocos: nuestro protocolo de supervivencia
Con tanto catarro repetido, hemos acabado desarrollando lo que en casa llamamos el protocolo de los mocos. No hay secretos ni remedios milagrosos, pero sí hay cosas que hemos aprendido a hacer desde el primer síntoma para que no se complique.
Lo más importante, y lo que más ha marcado la diferencia, son los lavados nasales con jeringuilla. Al principio dan respeto, parece agresivo para un bebé tan pequeño, pero una vez que le pierdes el miedo se convierten en el mejor aliado. Nariz despejada igual a mejor descanso, y mejor descanso igual a recuperación más rápida.
El suero a granel, el termómetro siempre a mano y el botiquín básico bien abastecido. Nada más. El resto es paciencia y esperar a que pase.
Lo que nos ha enseñado este invierno
La guardería enferma a los niños. Eso es un hecho, no una opinión. Su sistema inmune está aprendiendo a funcionar y cada virus que pasa es una lección que el cuerpo no olvidará. Los pediatras lo llaman «hacer el sistema inmune» y aunque suene bien en teoría, en la práctica significa muchas noches con el termómetro en la mano.
Lo que nadie te cuenta es que los padres también pasamos por ese proceso. El primer invierno con guardería es el invierno en el que los adultos de la casa también caen más veces de lo habitual. Nuestro sistema inmune no estaba acostumbrado a esos virus que circulan entre niños pequeños y también tiene que aprender.
La buena noticia, y esto sí nos lo dijo el pediatra, es que el segundo invierno suele ser mejor. El tercero, mejor aún. El cuerpo aprende, se refuerza, y el ciclo se rompe poco a poco.
Mientras tanto, pañuelos a granel, suero en cantidad industrial y a tomárselo con humor. Porque si no te ríes, llorarás. Y con los mocos que ya tienes encima, tampoco hace falta añadir más líquido.
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