
Hay episodios de la paternidad que empiezan como un susto menor y acaban siendo de los que no olvidas. Este es uno de ellos. Una caída, un golpe en la boca, dieciséis horas sin comer ni beber casi nada y una jeringuilla de agua fresquita que lo cambió todo en cinco minutos.
Os cuento cómo vivimos el día que nuestra hija no quería comer ni beber y lo que aprendimos de ello.
El golpe
Se cayó en casa. Un golpe fuerte en la boca, sangró un poco, lloró mucho. Fuimos al médico, nos revisaron y nos dijeron que estaba bien, que no había nada roto ni nada que requiriera tratamiento. Un alivio. Pero le dolía. Le dolía al comer, le dolía al beber, le dolía con el biberón. Así que dejó de hacer todo eso.
Lo entendimos al principio. Acababa de hacerse daño, tenía la boca sensible, era normal que no quisiera. Le dimos tiempo.
El problema es que el tiempo pasaba y la situación no mejoraba.
Dieciséis horas
Pasaron dieciséis horas sin que comiera nada y bebiendo apenas lo justo. Probamos con el vasito, con el biberón, con diferentes temperaturas, con sus cosas favoritas. Nada. Lo rechazaba todo antes de que llegara a la boca.
La comida nos preocupaba menos. Un niño puede pasar un día sin comer y no pasa nada. Pero el líquido es diferente. A esa edad la deshidratación va rápido y hay que vigilarla. Estaba decaída, lloraba sin fuerzas, solo quería dormir. No era la niña que conocíamos.
Llegó un momento en que nos dijimos: una oportunidad más y si no bebe la llevamos al hospital.
La jeringuilla
Teníamos en casa una jeringuilla de las que usamos para los lavados nasales. La llenamos de agua fresquita, fresquita de verdad, y lo intentamos.
No quería. Pero la situación era delicada y no había más opciones. Le dimos a la fuerza, con cuidado, poquito a poco.
Y entonces pasó algo. Notó el agua fría en la boca, notó que no le dolía, notó que le iba bien. Y abrió la boca para pedir más. Diez jeringuillas seguidas, poniendo ella solita la boquita para que se la diéramos.
A los cinco minutos pasó de estar tirada sin fuerzas a jugar y cantar como una loca. La luz y el día. Al cuarto de hora estaba comiendo sin problema.
Lo que entendimos después
No era el dolor de la boca lo que la bloqueaba. Era el recuerdo del dolor de unas horas antes. El miedo a que volviera a doler si comía o bebía. Su cabeza había conectado comida y bebida con dolor y había tomado la decisión de no arriesgarse.
Cuando el agua fría de la jeringuilla le demostró que ya no dolía, el bloqueo desapareció en segundos. No necesitaba más explicaciones. Necesitaba una prueba.
Eso nos enseñó algo importante: a veces cuando un niño no quiere comer ni beber no es capricho ni manía. Es miedo. Y el miedo no se resuelve con insistencia, se resuelve con evidencia.
Lo que haríamos diferente
Llegaríamos antes a la jeringuilla. Perdimos horas probando cosas que no funcionaban cuando la solución estaba en el botiquín desde el principio. El agua fría en pequeñas dosis, sin presión en la boca, sin el contacto que le recordaba al dolor.
Y si volviera a pasar, no esperaríamos tanto en probar esta solución. Tuvimos suerte de que funcionara, pero la línea entre esperar en casa e ir al hospital era fina. Si vuestro hijo lleva muchas horas sin beber, no dudéis en consultar al pediatra, como os contamos en el artículo sobre cómo aprovechar las visitas al pediatra.
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