
Hay cosas que no sabes que echabas de menos hasta que las vuelves a escuchar. La gallina Turuleca es una de ellas. Un elegante señor también.
Un día, sin previo aviso, nuestra hija empezó a cantar. No era un balbuceo, no era ruido aleatorio. Era una melodía reconocible, con letra incluida, con su propia versión de las palabras que no siempre coincide con el original pero que tiene una lógica interna que solo ella entiende. Y desde entonces no ha parado.
Las canciones de siempre, en una voz nueva
Lo primero que nos sorprendió es que las canciones que canta son las mismas que nosotros cantábamos de pequeños. No canciones modernas, no cosas que haya visto en una pantalla. La gallina Turuleca. Un elegante señor. Las de toda la vida, las que cantaban nuestras madres, las que de alguna forma han sobrevivido a todo y siguen siendo las favoritas de los niños de dos años.
No sabemos muy bien cómo las ha aprendido. Supongo que a base de escucharlas, de que se las cantemos antes de dormir o en el coche, de que la letra se le haya ido grabando sin que ninguno de los dos lo planificara. Así funcionan estas cosas a esta edad: aprenden sin que se note, y un día te lo demuestran.
Los números del uno al diez
Junto con las canciones llegaron los números. Los canta, del uno al diez, con una entonación que mezcla canción con recitado. No tenemos claro de dónde los ha sacado. No recordamos habérselos enseñado de forma consciente. Probablemente en la guardería, probablemente en algún momento en que nosotros cantábamos con ella sin darle demasiada importancia.
Es uno de esos recordatorios de que a esta edad están absorbiendo todo constantemente. Tú crees que estás haciendo otra cosa y ellos están aprendiendo. Como cuando te das cuenta de que repite una palabra que dijiste hace tres días y que no sabías que había escuchado. Con los números fue igual. Un día simplemente los sabía.
El concierto de tarde: obligatorio y con aplausos
Si hay un momento del día que define esta etapa en nuestra casa es la tarde. Nuestra hija ha establecido un ritual que no admite negociación: nos sentamos todos, ella se coloca delante, y empieza el espectáculo. Canta, baila, nos mira para comprobar que estamos prestando atención, y si en algún momento bajamos la guardia nos lo hace saber.
Los aplausos son obligatorios. No opcionales. Si termina una canción y no aplaudimos con suficiente entusiasmo, la repite hasta que lo hacemos bien. Es directora de orquesta, solista y crítica del público al mismo tiempo.
La verdad es que nos encanta. Es difícil no sonreír viendo a una persona tan pequeña con tanta seguridad en el escenario del salón.
El concierto de noche: ese ya nos gusta menos
Mención especial para las actuaciones nocturnas. Porque nuestra hija no distingue entre momento de cantar y momento de no cantar. A veces, cuando ya estamos en modo calma, cuando la rutina de antes de dormir está funcionando y todo apunta a que en diez minutos estará durmiendo, le da por cantar.
A todo volumen. Con percusión incluida si tiene algo cerca con lo que golpear.
No nos hace gracia. Preferimos la tranquilidad nocturna, especialmente después de todo lo que cuesta establecer una rutina antes de dormirque funcione. Pero ella es así. Y en el fondo, mientras la escuchas cantar en la oscuridad con esa voz pequeña, tampoco puedes enfadarte demasiado.
Lo que nos ha enseñado todo esto
Que hay cosas que pensabas olvidadas y que vuelven. La gallina Turuleca lleva décadas sobreviviendo a todo y seguirá sobreviviendo. Que los niños aprenden cuando no los estás mirando, y que a veces la mejor clase es simplemente vivir con ellos y cantarles sin pensar que estás enseñando nada.
Y que hay pocas cosas mejores en esta etapa que sentarte en el sofá a las seis de la tarde, aplaudir como si fuera el mejor concierto del mundo, y ver a tu hija brillar en el escenario del salón con la gallina Turuleca como tema estrella.
Aunque por la noche, por favor, que pare.
Deja una respuesta