El baño del bebé: del caos de la bañerita a la mejor hora del día

Bebe preparándose para entrar a la bañera

Hay momentos del día que se convierten en rituales sin que te des cuenta. El baño es uno de ellos. Lo que empezó siendo una operación logística con la bañerita pequeña, el agua a la temperatura exacta y los dos adultos pendientes de que no se resbalara, se ha convertido en uno de los mejores momentos del día en nuestra casa.

El baño del bebé evoluciona mucho con el tiempo. Os cuento cómo es el nuestro ahora mismo.

El ritual empieza antes de llegar al baño

En cuanto le digo «a bañar» sale corriendo hacia el baño. No camina, no trota. Corre. Y yo voy detrás de ella porque si no se lanza a la bañera vacía sin pensárselo dos veces, que es muy bestia y lo hace de verdad.

Lo primero es encender juntos el calefactor para que el baño esté calentito. Ella ya sabe el orden: calefactor, agua, esperar. Mientras se llena la bañera jugamos a salpicarnos con el chorro. Yo hago que se me olvida encender el calefactor, ella me lo recuerda con un gesto y un ruido, y yo me la como. Es el mismo juego todos los días y los dos nos lo pasamos igual de bien.

Mientras se llena el agua vamos quitando la ropa. Manos arriba y se quita la camiseta. En cuanto está desnuda hay que sujetarla porque se lanza. Sin miedo, sin dudarlo. Directa al agua.

La bañera grande: el salto que hicimos por lógica

Durante los primeros meses usamos la bañera Twistshake, que nos dio muy buen resultado. El salto a la bañera grande no fue una decisión dramática ni un momento concreto. Fue pura lógica: llegó un día en que por su tamaño meterla en la bañerita pequeña era un ejercicio de contorsionismo para todos. Y pasamos a la grande.

El baño del bebé en bañera normal tiene sus ventajas. Más espacio para ella, más comodidad para nosotros y, sobre todo, más sitio para todo el arsenal de juguetes que ha ido acumulando con el tiempo.

El zoo acuático

La bañera de nuestra hija es un ecosistema propio. Tiene una alfombrilla de animales en el fondo para no resbalarse, aunque siempre la sentamos. Le encanta que le preguntemos cuál es la jirafa, cuál el elefante, e imitamos los ruidos juntos mientras nos enjabonamos.

También tiene láminas de animales que al mojarse se pegan a las paredes de la bañera. Las pone, las quita, las reorganiza. Es capaz de estar diez minutos colocando animales en la pared con una concentración que no aplica a ninguna otra actividad del día.

Y luego está su bebé. Le da jabón, le aclara, le lava el pelo. Exactamente igual que hacemos con ella. El baño del bebé se ha convertido en un juego de imitación donde ella es la que baña y su muñeca es la paciente. A veces también nos echa jabón a nosotros con su dedito, muy seria, como quien cumple con una responsabilidad importante.

La manguera de la ducha: el enemigo

No todo es idílico. Hay un elemento del baño que no gusta nada: la manguera de la ducha para aclarar el jabón. La odia. Y tiene su explicación: alguna vez sin querer le echamos agua más fría de lo debido y no lo ha olvidado. Memoria de elefante para lo que le molesta.

El aclarado es el momento más tenso del baño. Lo hacemos rápido, intentamos que el agua esté perfecta de temperatura, y pasamos a otra cosa cuanto antes. Es lo único que enturbia un momento que por lo demás es puro disfrute.

La frecuencia: casi todos los días

Nuestra hija es una sudona de campeonato y no para quieta en ningún momento del día. Eso significa baño casi diario, todos los días en primavera y verano. Para no resecarle la piel alternamos el champú y jabón infantil habitual con un aceite que nos recomendaron en la farmacia. Funciona bien y su piel está perfecta.

Después del baño toca cremita, que le encanta. Se la damos por todo el cuerpo y ella nos la da a nosotros también con su dedito. Es parte del ritual.

El secador: la batalla final

Si la manguera es el enemigo del baño, el secador es el enemigo de la posducha. No le gusta. Hay que entretenerla, distraerla, negociar. Es un alivio en verano que sus rizitos se sequen solos al aire y podamos saltarnos ese momento.

En invierno toca secador sí o sí, y nos las apañamos como podemos. Canciones, cuentos, juegos. Lo que funcione ese día.

Salir de la bañera: la otra batalla

Lo más difícil del baño no es meterla. Es sacarla. Le cuesta salir, protesta, pone cara de injusticia. Hay que reñir un poco, sacarla con firmeza y pasar rápido a la cremita para que el cambio de actividad no sea tan dramático.

Pero incluso eso forma parte del ritual. Y cuando ya está en pijama, con los rizos húmedos y oliendo a bebé limpio, todo lo demás se olvida.

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