
Nunca olvidaré la primera tarde a solas con mi bebé. Fueron solo tres horas, pero me parecieron tres días completos, con sus noches incluidas. Antes de que ocurriera, me lo imaginaba como algo tranquilo, incluso tierno: una siesta, un paseo por la casa, alguna canción… Y sí, algo de eso hubo, pero también hubo caos, sudor, cantos absurdos y un ligero aroma a desesperación.
Todo empezó bien. Muy bien, de hecho. En cuanto mamá salió por la puerta, la peque se durmió plácidamente sobre mi pecho, en el sofá. Y ahí estaba yo, sintiéndome protagonista de una película de esas en las que todo sale perfecto. Pensé: “¡Esto está chupado! ¿Dónde está el reto?”. Tenía hasta ganas de hacerme un café con una mano mientras sujetaba a mi hija como todo un experto.
Pero no duró.
Pasó lo inevitable: se despertó. Con los ojos abiertos como platos y una expresión de «¿y tú quién eres y qué has hecho con mamá?». Lo siguiente fue un llanto que, sinceramente, aún escucho de vez en cuando en mi cabeza. Y ahí empezó la verdadera primera tarde a solas con mi bebé.
Intenté de todo. En brazos, la paseé por la casa como si estuviéramos en un tour guiado: “Aquí está la cocina, donde papá se olvidó de comer”. “Aquí el baño, al que no vas a ir sola en muchos años”. Nada. El llanto seguía.
Luego vino el paseo en carrito. Por el pasillo. Ida y vuelta. Veinte veces. Al menos hice ejercicio. Le canté canciones inventadas, puse música, hablé con ella como si entendiera cada palabra. Le conté incluso mi rutina: “Esta mañana fui a por pan… bueno, en realidad fui por aire porque se me olvidó el pan”. Nada funcionaba.
Y para colmo, hacía un calor tremendo. Salir a la calle estaba descartado, así que la opción era seguir intentando calmarla sin derretirnos en el intento. En ese momento, la primera tarde a solas con mi bebé dejó de parecer un reto bonito y se convirtió en una carrera de resistencia emocional.
Por momentos, dudé de todo: ¿lo estaré haciendo bien? ¿Es normal que llore tanto? ¿Me está juzgando en su idioma secreto de bebé? Pero también me di cuenta de que, aunque no tenía respuestas, lo estaba intentando con todo el amor del mundo.
Y entonces, después de tanto pasear, cantar y sudar, se calmó. Me miró con esos ojitos que aún no entienden del todo el mundo, pero que te atraviesan. Se quedó tranquila. Y en ese silencio, en esa mirada, supe que algo habíamos logrado.
Cuando llegó mamá, me encontró despeinado, con una camiseta manchada y cara de haber salido de una guerra silenciosa. Me preguntó: “¿Qué tal?”. Y yo, con una sonrisa cansada, solo pude decir: “Bien… creo”.
Ahora, cuando pienso en mi primera tarde a solas con mi bebé, me río. Porque sí, fue dura. Pero también fue nuestra. Aprendimos, lloramos (ella más que yo, aunque por poco), y salimos adelante.
Y aunque me gustaría que la próxima vez hiciera menos calor… repetiría.

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