
Si tienes Instagram, seguro que has visto esa imagen idílica: un padre caminando por el campo, con su bebé dormidito en una mochila de porteo, manos libres y una sonrisa de oreja a oreja. Libertad, contacto, apego… suena perfecto, ¿verdad?
Nosotros compramos esa idea. Nos imaginábamos haciendo la compra, paseando y casi cocinando con nuestra hija pegadita al pecho, tranquila y feliz.
Spoiler: Fue un desastre absoluto.
Hoy quiero hablar de nuestra experiencia fallida con el porteo. Porque sí, a veces compras lo mejor, lo intentas con ganas, y tu hijo simplemente dice «NO».
El primer intento: La mochila de porteo rígida
Nuestra primera opción fue una mochila clásica, de las estructuradas (tipo Ergobaby o Manduca). Ergonómica, segura y con buenas críticas.
La sacamos de la caja con toda la ilusión. Me la ajusté, metimos a la niña y… activamos la alarma nuclear.
No fue una queja, fue un llanto de indignación. Intentamos caminar para mecerla, ajustamos las correas por si le apretaba, le cantamos… Nada. Odiaba sentirse tan «atrapada». Pensamos lo típico: «Será que es muy pequeña todavía», «quizás no está acostumbrada». Así que, con mucha pena, la mochila de porteo acabó en el armario esperando tiempos mejores.
Segundo asalto: El fular elástico (La última esperanza)
Meses después, con la niña un poco más grande y nosotros más descansados, decidimos volver a intentarlo. Esta vez pensamos que el problema era la rigidez. «Claro, ella quiere algo más blandito, más amoroso».
Así que probamos con un modelo tipo fular o pañuelo elástico (tipo Koala o Boba Wrap). La tela era suave, el ajuste más natural y parecía que iba mucho más cómoda.
¿El resultado? Mejoró, sí. Pasamos de 0 minutos a 10 minutos de reloj. Esos 10 minutos fueron gloriosus, pero en cuanto se pasaba el efecto novedad y se daba cuenta de que su libertad de movimiento estaba limitada, volvía la queja. Quería salir, quería estirarse, quería ver mundo sin una tela delante de la cara.
Pensamos que era cuestión de adaptación y lo intentamos poco a poco durante días. Pero no hubo manera. En nuestro caso, el porteo no era sinónimo de paz, sino de lucha.
La lección: Cada niño es un mundo (y no pasa nada)
Tengo amigos que no usan el carrito. Sus hijos viven en la mochila y son felices. Sé que el porteo tiene mil beneficios y que, en la mayoría de los casos, funciona de maravilla.
Pero si eres como nosotros y tienes un hijo que no tolera la mochila de porteo, quiero decirte algo: no pasa nada. No eres peor padre, ni tienes menos apego, ni lo estás haciendo mal. Simplemente, tu hijo prefiere su espacio, prefiere el carrito o prefiere tus brazos sin ataduras.
Cada niño tiene su personalidad desde el minuto uno. A la nuestra le gusta la independencia, mirar todo y moverse (como os conté en el post de la silla de coche y el carrito). La mochila chocaba con su forma de ser.
Conclusión
Nuestra mochila sigue nueva, prácticamente sin uso. Fue una pena porque la idea de la «libertad de manos» me atraía mucho, pero al final la libertad real es que tu hijo vaya tranquilo, sea en mochila o en carro.
Si estás dudando si comprar una, mi consejo es: pruébala antes si puedes. Pídesela a un amigo. Porque puede que a tu hijo le encante… o puede que acabes escribiendo un post como este.
Los modelos que probamos (y que a otros les van genial) en enlaces de Amazon afiliados:
andar barreras Bebe Bici BLW botiquin Cama Coche colecho Comer Costra láctea Dodot Dormir Dormir bebe frase heroína juegos Jugar Lactancia Lloros madre miedo Miedo a la paternidad mochila Montessori Novato Papá Parque Parto Patinete Plastilina porteo previa Primera sonrisa bebe Primerizo primeros pasos Prisa Rabietas rutina Seguros Sensitive Silla Sonrisa Trozos Uppababy
Deja una respuesta