
Si tienes un hijo en la guardería, ya sabes que el accesorio de moda de este invierno no es el gorrito de lana, son los mocos. En casa, mi hija parece tener una suscripción anual a los catarros leves y la nariz taponada.
Hemos probado de todo, pero después de muchas noches en vela y narices rojas, nos hemos hecho expertos en una técnica que, aunque tiene mala prensa, a nosotros nos ha salvado la vida: los lavados nasales con jeringuilla e irrigador.
El método de la pediatra: Por qué usamos jeringuilla
Sé que hay mil opiniones en internet sobre este tema: que si es agresivo, que si el aspirador es mejor… Nosotros lo tuvimos claro cuando nuestra pediatra nos dio el visto bueno.
No usamos la jeringuilla a pelo lanzando un chorro a presión de película de acción. Usamos un irrigador de silicona en la punta de la jeringuilla (se compran en cualquier farmacia) que atomiza un poco el suero. Es efectivo, rápido y, sobre todo, llega donde otros métodos no llegan.
Nuestra rutina: El «kit de supervivencia» para una niña mocosa
Como mi hija es especialmente «fábrica de mocos», no esperamos a que esté congestionada para actuar. Lo hemos integrado en su día a día como si fuera lavarse los dientes:
• Al despertar: Para limpiar lo que se ha acumulado por la noche.
• Antes de comer: Si no respira bien por la nariz, comer se vuelve un suplicio.
• Media tarde: Un repaso rápido después de la guardería.
• Antes de dormir: El más sagrado de todos para asegurar un descanso decente.
¿Cómo lo hacemos? Paso a paso sin dramas
Aquí es donde muchos padres fallan. No hace falta tumbar al niño como si estuviéramos en un combate de lucha libre. Nosotros lo hacemos con ella incorporada (sentada).
El chorro no va directo hacia arriba, sino que lo hacemos de forma suave. Usamos suero fisiológico de toda la vida. La clave es la rapidez:
1. Preparas la jeringuilla (sin que ella te vea, si es posible).
2. Un «¡zas!» rápido en cada orificio.
3. Y listo.
La reacción: Del «¡socorro!» a la risa
No os voy a mentir: a mi hija no le gusta. En cuanto ve aparecer la jeringuilla por el pasillo, intenta aplicar la técnica de la huida rápida. Sabe lo que viene y no le hace ninguna gracia.
Pero lo bueno de los lavados nasales con jeringuilla es su eficacia inmediata. Lloriquea, se queja un segundo, sale todo lo que tenía que salir y… a los dos segundos ya está riendo o jugando como si nada. Se da cuenta de que, de repente, puede volver a respirar. El alivio es tan instantáneo que el «trauma» se le olvida antes que a mí el estrés de hacérselo.
Conclusión: ¿Merece la pena?
Rotundamente, sí. Para nosotros ha sido la solución definitiva para evitar que un resfriado tonto acabe en algo peor por culpa de unos mocos mal gestionados. Es un método seguro, económico y que, una vez le pierdes el miedo como padre, te cambia la dinámica de los inviernos.
¿Y vosotros? ¿Sois de jeringuilla, de aspirador o de los que rezan para que los mocos se vayan solos?
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