Adaptación a la guardería: ¿Cuánto tardó mi hija en dejar de llorar? (Experiencia Real)

Cuando tomamos la decisión de llevar a nuestra hija a la escuela infantil, la teoría nos la sabíamos de memoria. Pero la práctica es otra cosa. En cuanto cierras la puerta y oyes el llanto al otro lado, solo hay una pregunta que te martillea la cabeza: «¿Cuánto va a durar esto?».

Si estás en plena adaptación a la guardería y miras el calendario tachando días, te entiendo. Mi hija empezó en septiembre con 14 meses y quiero contarte nuestros plazos reales, sin maquillar, para que sepas qué puedes esperar.

El espejismo del primer día

El primer día fuimos con el estómago encogido, pero ella entró feliz. Vio juguetes nuevos, colores y pensó: «¡Qué sitio más divertido!». Nosotros nos fuimos creyendo que habíamos tenido suerte.

Fue un espejismo. En cuanto se dio cuenta de que ese lugar divertido implicaba que papá y mamá no estaban, empezó el drama. Lloró. Y no fue un llanto de cinco minutos. La realidad es que los primeros días (e incluso semanas) fueron una montaña rusa. Dejarla llorando es antinatural, pero es parte del proceso de entender que siempre volvemos.

¿Cuándo dejó de llorar? Nuestra cronología

La adaptación a la guardería no es un interruptor que se apaga de un día para otro, es más bien un regulador de intensidad.

1. Las primeras semanas: Fueron las más duras. El llanto al dejarla era la norma.

2. La ampliación de horario: Empezamos con pocas horas y fuimos ampliando poco a poco. Curiosamente, a medida que pasaba más tiempo allí y cogía confianza con las educadoras, el llanto de la despedida se hacía más corto.

3. El punto de inflexión: No te puedo dar una fecha exacta, pero hubo un momento, pasadas unas semanas, donde el llanto desgarrador pasó a ser solo una queja, y luego… silencio y juego.

Hoy, mi hija va de 09:00 a 13:30 y entra feliz. Si le pregunto si quiere ir al «cole», me responde con un rotundo. Ese «cuánto tardó» en nuestro caso fueron unas semanas intensas, pero la recompensa llegó.

El reto del comedor: Nuevos sabores para una niña de buen comer

Durante este tiempo, no solo tuvimos que lidiar con la separación, sino también con el comedor. Empezó a quedarse a comer allí y, aunque ella siempre ha sido de buen comer en casa, el menú de la escuela era un territorio nuevo.

El problema no era falta de apetito, sino de costumbre. Estaba hecha a nuestra comida, a nuestros sabores, y de repente se encontró con platos y texturas diferentes. Al principio le costó un poco hacerse a esa «nueva carta», pero la evolución ha sido increíble.

Actualmente, se ha convertido en una auténtica todoterreno. No solo se ha acostumbrado, sino que come de todo y en cantidades bastante decentes. Le encanta comer y disfruta probando cosas nuevas; saber que se sienta a la mesa feliz y deja el plato limpio fue la señal definitiva de que la adaptación iba por buen camino.

La prueba de fuego: La vuelta de Navidad

Si la adaptación inicial me preocupaba, la vuelta de las vacaciones de Navidad me aterraba. Pensaba: «Después de 15 días pegada a nosotros, volveremos a la casilla de salida». Temía que todo lo avanzado en la adaptación a la guardería se perdiera.

Para mi sorpresa, ocurrió todo lo contrario. El primer día tras Reyes, al reconocer el edificio y ver a sus amigos, se puso súper contenta. No hubo drama, ni retroceso. Entró a jugar directamente. Ahí confirmé que el proceso había terminado: la guardería ya era su lugar seguro.

Conclusión: Todo llega

Si estás leyendo esto con angustia porque tu hijo lleva tres días llorando, paciencia. La respuesta a «¿cuánto tarda?» varía en cada niño, pero te aseguro que el día en que te dicen «adiós» con la manita y entran corriendo a jugar, llega. Y cuando llega, te olvidas de todo lo anterior.

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